Maribel/ agosto 6, 2017/ Análisis, reseñas y foto-reseñas/ 0 comments

Pues hoy vengo a hablarte de algunas obras de Neil Gaiman, el señor que se hace el misterioso en la foto. A hablarte de ellas tal cual, no a analizarlas. Sí, no me mires así. Ya sé que en mi declaración de intenciones, allá en Blogger, dije que pretendía hacer SOLO análisis profundos de las obras, no quedarme sin más en si las había disfrutado o no, sino si estaban bien escritas y por qué, y cómo ayudaba eso a hacer que la experiencia de la lectura fuese más placentera. Tres meses después, (ejem, nueve) me doy cuenta de que resulta imposible hacer solo esto y que el blog tenga entradas de manera regular. Para empezar, me encantaría tener tiempo para leer todo lo que me propongo y no es así; en segundo lugar, escribir un análisis me cuesta horrores, y por último, no tengo intención de analizar todo lo que leo, porque en principio, esto me lo reservo para los libros en español QUE ME GUSTEN. Todo lo demás, extranjero (me guste o no) o español que no me gusta, se está perdiendo en la soledad de la experiencia lectora cuando no la compartes con nadie.


Ay, pobrecita… Lo puedes compartir todo
conmigo, querida, ya lo sabes.

Sí, vale. Aquí, entre nosotros, parece ser que MiniYo no se ha dado cuenta todavía de quién es en realidad, y de que, por tanto, sí, mis impresiones sobre lo que leo siguen quedándose conmigo. Pero que no se dé cuenta, podría enfadarse y… buff, no. En fin, que te traigo mis impresiones sobre mis lecturas del año anterior, y, puesto que fue un año de descubrimiento de autores a los que todo el mundo había leído menos yo (al parecer) más que de obras individuales, vamos primero con los autores, y después con las obras sueltas que quiera comentar. 

 
NEIL GAIMAN
 
¿Qué puedo decir? Lo primero que leí de él fue Stardust y me encantó su lenguaje sencillo con ese sentido del humor tan fino, diría que casi británico (ejem, casi, por si acaso). En muchos de sus libros, Gaiman escribe una carta a los lectores, y en casi todas dice que algún día volverá a ese mundo para escribir otra historia. Me encantaría que hiciera eso con Stardust, porque de seguro el mundo al otro lado del muro está repleto de historias que merecen ser contadas. Y, por qué no, es injusto que se las vaya a quedar para sí una sola persona.
 
 
Así empieza este cuento, que lo es con todas las de la ley. No voy a decir mucho más de él, porque ya te prometí que un día haría un análisis. Sí, aunque haya dicho que los análisis son en exclusiva para los españoles. Estaba mintiendo, ¿vale? ¡Pero es que este lo merece! Es cierto que la historia es un poco simple; son sus reflexiones y el lenguaje lo que merecen especial atención. 
 
Estrellas, brujas y bosques, a mí con esa fórmula ya me tienes, para qué mentir. Por cierto, si te pones a buscar este libro en imágenes de Google, te saldrá cada portada que para qué decir más. La historia y los escenarios del libro se prestan para ello, qué quieres que te diga. Lo puedes encontrar aquí si te interesa.
 
Después me puse con El océano al final del camino. Que no te lo vendan como infantil (Stardust tampoco, por cierto); seguro que a un niño le pasaría lo que me pasó a mí de pequeña con Alicia en el País de las Maravillas: ese niño igual disfrutaría del paseo, pero no tendría ni idea de lo que ha pasado ni de a dónde le han llevado. De hecho, le parecería que al final está en el mismo lugar que al principio y lo de en medio sería pura anécdota. No estoy diciendo que los niños sean tontos, solo digo que hay enseñanzas por las que las personas pasamos y no pensamos en ellas si no somos adultos. Que los personajes de un libro sean niños no quiere decir que el libro esté hecho para ellos; de hecho, en este libro un adulto está contando algo que le sucedió en su infancia, se va dando cuenta de lo que pasó de verdad y reflexiona sobre ello. Y luego se va todo a la basura, pero bueno, SPOILER. No pienses en ello. Échale mejor un ojo.
 
Por otro lado, me pregunto si Neil Gaiman tiene algún tipo de trauma con las profesoras (nótese el femenino), porque no salimos bien paradas, al menos en principio, en sus libros “infantiles”. 
 

Prueba de lo que digo sería

 también El libro del cementerio (y me parece que Coraline, aunque ese está aún en la estantería poniéndome ojitos). 

A todo esto, portada horrible comparada con las maravillosísisisisisimas ilustraciones del interior. 
No se le puede negar a esta historia que es original, con grandes lecciones que aprender, y como de costumbre, en aras de no hacer ningún spoiler, solo os voy a contar que tenemos a un niño que vive en un cementerio con los fantasmas porque sus padres fueron asesinados cuando él era un bebé. Y ya está.
 
Una de las cosas que sacamos en conclusión, igual que en El océano al final del camino, es que alcanzamos la comprensión del mundo cuando somos adultos, vale, pero también se nos dice que es entonces cuando perdemos la habilidad para ver otras cosas que se esconden de nosotros, que la comprensión del mundo nos nubla la vista a las cosas que no tienen explicación lógica (y mundana), y que, queramos o no, ese momento nos llega a la mayoría (no a todos, desgracia mediante).
 
Si no arriesgas nada, al final del día, nada es lo que habrás ganado.

Merece muchísimo la pena, en serio, y encima con ilustraciones en negro que, estoy segura, te encantarán.

Bueno, y ahora viene cuando tal vez me quieras matar, o me desterrarás del país y escupirás tres veces sobre mis pasos con una maldición brujeril para que no pueda volver, y es que de estos tres libros, pasé a Neverwhere, y me llevé un chasco. 

Ya les estoy viendo a todos asfaltándote el caminito.

Claro que sí, chica, tú no te cortes. En fin, lo que decía, que del encanto que le echa Gaiman al lenguaje en los libros “infantiles/juveniles”, pasé a encontrarme con un lenguaje algo más plano y con personajes que, por alguna razón, me daban igual.

 

Y eso que en Neverwhere, la historia está bastante bien y me intriga mucho ese Londres de las alcantarillas. Incluso, a pesar de que durante la lectura me daba igual la historia y lo que les sucediese a los personajes, al final les cogí cierto cariño. Sobre todo a Puerta, no sé por qué. La historia puede parecer la típica al principio de todas las obras de fantasía: una persona que es arrancada de su mundo y arrastrada a otro totalmente distinto, donde aprenderá a luchar contra sus ideas preconcebidas. Es ese mundo nuevo lo que convierte esta obra en algo que a todo el mundo le encanta; el Londres de abajo es siniestro, misterioso y, sí, también sucio y algo macabro. Esto es Neil Gaiman, señores, macabro en todo, hasta en los libros supuestamente más «juveniles». 
No sé qué me pudo pasar a mí, pero no conecté del todo con Neverwhere. Sin embargo, el protagonista tenía conflictos y motivaciones, y al menos te quedas porque quieres descubrir si esa pobre persona logrará lo que quiere.

Juzga por ti mismo, de verdad, porque a todo el mundo le gusta.

Ilustraciones de los personajes que he encontrado por ahí y que me parecen maravillosísimas.

 

 Con un problema más grande me encontré cuando resultó que en American Gods, el personaje principal, Sombra, no muestra el más mínimo conflicto. ¡Chico! ¡Un poco de sangre! ¡Que se acaba de morir tu mujer! ¡Que te están contando cosas que deberían hacerte hervir la sangre! Nada. Sombra se deja llevar y punto. Es un tipo grandote y probablemente bruto que necesita calmar los nervios de alguna manera para no ponerse a romper cráneos. Aparte de eso y de una cierta intriga que muestra hacia algunas de las cosas que pasan a su alrededor, lo más remarcable en él es su lealtad ciega e irracional hacia Wednesday. Me recuerda a este tipo de personajes:

Algo así, pero sin iniciativa para investigar ni
para ponerse a pegar coscorrones. Con pelo.
Y algo más atractivo; admitámoslo: esto da asco. Es obvio que
Sombra no es tan cliché, responde al prototipo, pero al final se demuestra
que sí hay algo dentro de él. Al final. 600 páginas.

En fin, que no, no sé. Se pasa el rato dando vueltas sin objetivo aparente solo porque Wednesday le dice que lo haga. «Ven aquí». Sombra allá que va. Pasa algo en principio sin conexión con nada de lo anterior. «Ahora te quedas aquí sin llamar la atención». Sombra que obedece. Ha pasado algo con una chica del pueblo. «Tú no hagas preguntas». Sombra no hace preguntas, ni a los demás ni a sí mismo. En Neverwhere también daban vueltas por todo Londres sin que pareciera que nos dejaban las cosas claras, pero American Gods es tan largo que esta sensación se convierte en algo desagradable.

Luego llega el final y casi se redime. En las últimas 150 páginas más o menos. Alguien con menos cabezonería que yo y que le pasara lo mismo que a mí con Sombra, no habría llegado para ver la maravillosa conexión que hay entre todos los hechos y personajes.

Y esto es lo que tengo que decirte de American Gods: ten paciencia hasta el final, porque vale la pena, aunque la sensación que deje siga siendo un poco agridulce. Te lo repito: juzga por ti mismo, aunque ya ves que este sí he sabido explicar por qué no me gustó. Supongo que tito Neil podría haber explotado un poco esa sensación de misterio para dejarnos caer que luego estará todo relacionado, porque si no… se te olvida todo y al final piensas: ah sí, esto es lo que pasó al principio, pues no me acuerdo bien…

Aquí hay algo que no concuerda, ¿verdad? 😉 Bueno, os presento a la razón principal de por qué American Gods
se hace tan largo y a veces aburrido y sin sentido como se llega a hacer. He dicho. Y me jode, porque es
Neil Gaiman y adoro a Neil Gaiman. Sniff.

Al parecer, no conecto con el Neil Gaiman que escribe para adultos.

Sí, querida, pónselo fácil para que te odien.

Como podéis ver, a MiniYo le gusta la sangre, así que a veces retuerce las cosas aunque yo intente ser buena.

En fin, tengo pendientes en la estantería Los hijos de Anansi, que no sé si leeré, Coraline y Buenos presagios (oh, sí, con Terry Pratchett). Por cierto, me olvidaba de La joven durmiente y el huso. Libro precioso lo mires por donde lo mires, (el objeto físico, quiero decir). Y aun con todo, tampoco es una de las mejores historias de este autor. Tiene un par de giros y retuerce el cliché de la princesa en apuros de una forma que lo hace digno de su autor, y puesto que es un cuento, o historia breve, como lo quieras llamar, pues le perdonaremos todo el resumen que utiliza. Se lee en un plis y la edición es una maravilla, así que vale la pena tenerlo en la estantería: solapas de papel cebolla, todo repleto de ilustraciones de Chris Riddell (¿te acuerdas de esta entrada?), los detalles en oro…

 

 

 

¿Y esas calaveras? Me encanta…

Bueno, me despido ya. No hagas mucho caso de las cosas feas que pueda haber dicho: Neil Gaiman es mi crush literario y me leería hasta sus desvaríos de borracho si los estampara en el papel y los publicara. Qué le vamos a hacer.

 

 

Sí, vamos, igual que con Bon Jovi,
que sus otros trabajos son la
excusa para que sigas confiando
en ellos. ¿No?
En el fondo, soy igual que todo el mundo: lo que me gusta, me gusta aunque le salgan patas de pulpo y cuernos de cabra. Qué asco me doy. ¡Uh! Estoy empezando a tener pensamientos MiniYo. Será mejor que me vaya a descansar. En la segunda parte de mi 2016 no me enrollaré tanto y te daré más variedad, ¿de acuerdo? (Eso si la llego a hacer algún día, que esto estaba escrito desde hace seis meses y lo tenía en borradores jeje).
Cuéntame, ¿qué relación tienes con Neil Gaiman?

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